Cuando dejamos que el amor de Dios se instale en nuestros corazones podemos experimentar diversos cambios. No existe una persona que después de toparse con la inmensidad del amor de Dios siga con la misma perspectiva ante la vida; y es que el entorno de nuestra vida comienza a tomar un nuevo sentido y a sentirle sabor a las diversas circunstancias de nuestro día a día. La palabra de Dios es así. Entra en nuestro ser y es capaz de darle vida a lo que está por morir:el amor, la fe, la confianza. Todo toma un nuevo color, un nuevo aroma y un nuevo sabor. Pues resulta que nosotros, los que seguimos a Cristo, hemos sido catalogados por nuestro maestro como la luz del mundo y la sal de la tierra; Luz para alumbrar con nuestra vida y refractar la luz de Cristo, pero también debemos ser sal. Esa Sal que sirve para preservar, para dar sabor a los alimentos; todo nuestro contorno debe ser sazonado con la sal de Cristo. Pero meditando en esto un poco más, encuentro que hay una característica...